Una tarde que comenzó en puntísimo en la Joy Eslava, entraba a toda leche por la puerta con cinco minutos de retraso sobre el horario previsto por la organización y The Soundtrack of Our Lives ya habían empezado su concierto. Aunque estos suecos llevan muchos años en el “candelabro” musical yo iba a descubrirlos, previas escuchas en spotify. En aquellas escuchas me habían parecido una banda inglesa -aunque son suecos- con cierto aire a Oasis, a Primal Screem y otros clásicos del rock británico. En directo me parecieron totalmente chapados a los 60, por su aspecto y por ese órgano que sonaba a cada canción más psicodélico, entre iglesia y campanillas como se llevaba entonces. Sonaron bien, se nota que llevan muchos años de oficio encima y pese a que su cantante Ebbot Lundberg, levantaba los brazos a lo Jesucristo y adoptaba unas estudiadas y efectistas poses no consiguieron enardecer al público que llenaba la sala, sobre todo para lo temprano del horario.
Desde la Joy corriendo al Círculo de Bellas Artes, sorteando a los inconscientes peatones que abarrotaban y desboradaban las calles hasta invadir las carreteras en las inmediaciones de la Puerta del Sol, como siempre ocurre en estas fechas navideñas. Por más que puse de mi parte no conseguí atropellar a ninguno y llegamos intactos y puntuales- mi scooter y yo- al concierto de Señor Chinarro.
Recordaba a Chinarro frió y distante de un Summercase de hace años, pero el viernes estaba en modo desenfadado y dicharachero, haciendo gala de su socarrón humor andaluz y con aspecto de estar de vuelta, en contraste con el aire formal que se dió en aquella cita veraniega. Salió a escena con cinco minutos de antelación y estuvo afinando instrumentos y probando el micro, con un clásico “un, dos, tres, probando”. Ajustado el sonido todo el grupo estuvo esperando hasta las 20,30 en punto para no adelantarse ni un minuto, momentos que Chinarro nos amenizó con su cháchara y sus chistes. El concierto fue de menos a mas. Empezó con sus canciones más tranquilas y con unos ajustes de voz medianos, las letras, que lo realmente importante, se entendían muy difícilmente. Mejor sonaban su guitarra minimalista, el bajo, chelo y la batería que completaban la formación. La cosa se animó con una versíon algo salvaje, para lo que venía siendo el concierto, de Quiromántico. El suelo de la Sala de columnas del Círculo de Bellas Artes empezó a temblar como si por debajo estuviera pasando el metro y las letras se entendían a la perfección. El concierto llegó a su zenit con El Idilio y tuvo un perfecto remate con Cero en Gimnasia y Bye Bye. Pura primera época, pero eso ya lo había anunciado así que nadie se sorprendió ni se molestó, el público eramos todo fans.








